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Y unas palabras arañadas...

Hace mucho... Y cuando digo mucho, es tal vez demasiado que no escribo nada de nada. Ni en Crisolúdico ni en mi propio rincón... Si soy sincero apenas me concentro para unir unas palabras con otras... No me brotan las ganas para poder crear una ayuda, un módulo o simplemente por el mero placer de escribir para luego enterrar ese papel entre otros más viejos que probablemente jamás volveré a leer.
 
¿Y las razones? Por desgracia las que afectan a muchos de los que habitamos esta puñetera tierra... Si, el trabajo... Demasiada incertidumbre... Y al final demasiado miedo... Y pocas cosas te sacan de ese bucle de ansiedad y hastío...
 
Y bien digo... ¡Pocas cosas! Y aunque no he perdido del todo en el contacto con la "red-alidad" rolera, al final solo miraba pocos lugares y una de estas paradas es Ludotecnia. Y repito... Hoy me han entrado algunas ganas al ver mi ego mimado, y no me ha quedado otra que dejar de lamerme las heridas y "pelear" con el teclado.
 
Y no me queda otra que dar las gracias a Ludotecnia y por supuesto a Jose, que está detrás de esas palabras...
 

L U D O T E C N I A

Y para que tengáis una idea de como ha ido surgiendo esto, si buscáis en la biblioteca de Ludotecnia lo encontraréis, pero os dejo algunos de los enlaces:

 
Y por esto, y solo por esto, me voy a la cama con un regusto de satisfacción y puede que al levantarme, una sonrisa se dibuje en mi rostro, y mi familia sin saber por qué, dará las gracias sin saberlo a un pequeño artículo que me ha hecho sentir algo mejor.
 
PD. ¡Y no os preocupéis! No penséis que estoy deprimido o en la mayor empresa del país, el INEM, no por suerte...¡Y que siga la suerte! Pero si que es cierto que el ambiente alrededor a veces te hace sentir harto y te aleja de muchas de las cosas de las cuales no debieras alejarte jamás.

Pero en el fondo anhelaba poesía, pasión y risas.

"Es hijo de su padre. -Bajo fornido, de rostro achatado, parecía un buen chico: serio, sensato, consciente de sus deberes...,- aunque no era de los que aceleraban el corazón a los jóvenes y [ella], al margen de todo lo demás, seguía siendo una niña, como ella misma decía cuando le daba por hacerse la inocente. [...] 
Pero la niña que era en el fondo anhelaba poseía, pasión y risas-. Quiere fuego y Dorne le envía barro. [...] El barro podía nutrir, mientras que el fuego solo consumía, pero los necios, los niños y las muchachas siempre preferían el fuego."

George R. R. Martin, "Danza de dragones"


Él también me comprendía a mi.


"Otra historia que recuerdo con gran emoción es la del poeta andaluz Pedro Garfias. Fue a parar al destierro a un castillo de un lord en Escocia. El castillo estaba siempre solo y Garfias andaluz inquieto, iba cada día a la taberna del condado y silenciosamente, pues no hablaba inglés sino apenas un español gitano que yo apenas entendí, bebía melancólicamente su solitaria cerveza.

Este parroquiano mudo llamó la atención del tabernero. Una noche, cuando ya todos los bebedores se habían marchado, el tabernero le rogó que se quedara y continuaron bebiendo ellos en silencio, junto al fuego de la chimenea que chisporroteaba y hablaba por los dos.

Se hizo un rito esta invitación. Cada noche Garfias era acogido por el tabernero, solitario como él, sin mujer y sin familia. Poco a poco sus lenguas se desataron. Garfias le contaba toda la guerra de España, con interjecciones, con juramentos, con imprecaciones muy andaluzas. El tabernero lo escuchaba en religioso, sin entender naturalmente una sola palabra.

A su ves el escoces empezó a contar sus desventuras, probablemente la historia de su mujer que lo abandonó [...] Digo probablemente por que durante los largos meses, Garfias no entendió una palabra.

Sin embargo la amistad de los dos hombres solitarios que hablaban apasionadamente cada uno de sus asuntos y en su idioma, inaccesible para el otro [...] se convirtió en una necesidad para ambos.

Cuando Garfias partió para México se despidieron bebiendo y hablando, abrazándose y llorando. La emoción que los unía tan profundamente era la separación de sus soledades.

-Nunca entendí una palabra, Pablo, pero cuando lo escuchaba tuve la sensación, la certeza de comprenderlo. Y cuando yo hablaba, estaba seguro de que él también me comprendía a mi."

Pablo Neruda, "Confieso que he vivido"

Por una bula Papal


POR UNA BULA PAPAL


A su alrededor todo era caos, gritos de desesperación terror y muerte, era un sonido que no sólo se quedaba en la cabeza de quien lo oía, sino que se clavaba en el cerebro como si de unas garras de águila se tratase. Ante el cruzado se alzaba la ciudad, fantasmal, iluminada en rojo por los fuegos que la consumían y por la sangre que teñían el barro de su suelo, Jerusalen, la la ciudad eterna, y sagrada, que se encontraba rodeada de un mar de dolor, sangre y saqueo, era un pandemonium de miles de gargantas que clamaban por su vida, los ruidos secos de golpes de metal rompiendo huesos, aullidos, dolor y agonías de muerte.

El cruzado se sintió cansado, alzó la cabeza lentamente y miró a aquellas calles, pardas, sucias, que ahora se llenaban de muertos, de sangre mezclada con barro, parecía que todos los desvelos, privaciones y sufrimientos que durante esta peregrinación armada habían pasado, los estaba pagando, justo la ciudad por la cual habían ido a salvar, Jerusalen, el sepulcro de Jesús, ya eran suyos, la que fuera un sueño lejano en las palabras de sermón de un sacerdote, ahora era real, cierta y sin embargo el cruzado se encontraba agotado.

Con esfuerzo se apoyó contra una pared, le costaba respirar y jadeaba, su armadura, la cota de mallas, el gambesón de cuero relleno de lana, incluso la sobrevesta le pesaban, de una manera que nunca había notado, era algo más, no le pesaban, le oprimían, su respiración era lenta pausada, exasperante y angustiosa. De un torpe movimiento, se desembarazó del casco, dejándolo caer y miró al suelo, en donde se encontraba el cadáver de un turco que acababa de morir, y que todavía tenía en su rostro grabada la expresión de terror  que había tenido justo antes de morir.

La visión del turco era horrible, tenía la boca abierta, con una mueca en donde se le veían todos su dientes ennegrecidos, tenía la piel ligeramente oscura, y con un barba en donde destacaba un gran bigote, a la costumbre de los turcos peninsulares, sin embargo lo que le turbaba era su expresión, de miedo, había muerto gritando, no sabía si por su vida o por el odio hacia aquellos cristianos que veían de tierras lejanas, pero todo eso se encontraba reflejado en aquellos ojos, en esa boca abierta de manera grotesca.

Era una expresión que le penetró en lo más profundo del ser del cruzado, se dio cuenta que tenía la cabeza agachada, y que no podía levantarla, y el turco que estaba en el suelo era el turco que acababa de matar hace un momento. Se sentía agotado y notaba como si un peso enorme le hiciese presión en todo los músculos de su cuerpo, y haciendo un esfuerzo de voluntad increíble trató de levantar la cabeza pero fue imposible, no podía quitar de su cabeza esa expresión de horror del turco que acababa de matar. Desde esa postura, lentamente observó que tenía la sobrevesta blanca manchada de sangre.

El cruzado se abstrajo y a pesar del penetrante olor a carne quemada, fuego, y del enorme ruido de las violaciones, y muertes, sé preguntó que si el turco también tendría familia. Él mismo intentó recordarse cómo era su vida tiempo atrás, hace dos años que habían pasado tan lentamente que parecían una eternidad, muy muy lejana, sin embargo la cara del turco se había quedado grabada en su retina, y no podía quitársela de la cabeza. Turbado, intentó recordar cómo era su vida, su pequeño torreón desde donde podía ver su feudo, quiso eliminar ese rostro de su mente, pero no era capaz.

Intentó acordarse se su señor Raimundo, Conde de Provenza, pero no pudo, busco con desesperación, la voz de obispo Adhémar, en los sermones que había escuchado, pero fue imposible, ni siquiera aparecían los rostros, de mirada un tanto hueca y perdida de cuatro de sus vasallos que le habían acompañado en la peregrinación, su torreón de aquel valle de Provenza, del que había marchado hacía ya dos largos años, nada dio resultado, ya que la visión grabada de pánico y esa mueca horrible había inundado sus pensamientos impidiendole poder ver otra cosa.

Desesperado, escudriñó en su cabeza todos los recuerdos más íntimos, la imagen de su esposa esa que nunca le dio un hijo varón, la cara de su madre enmarcada en su pelo gris lacio, el relinchar de su yegua favorita con la que solía a cazar cuando le daba una fruta para comer, pero una y otra vez aparecía la imagen, esa imagen, de horror, de la desesperación ante la muerte y el odio que produce el enemigo.

Se dio cuenta que ya no tenía la espada en la mano, que estaba en el suelo tirada, intentó gritar de pura rabia, pero no pudo, no tenía fuerzas suficientes, aunque aquel grito solo sirviera para poder borrar aquella imagen incrustada en su cerebro, impotente apoyado en la pared con la imagen del turco que acaba de matar, tan cerca de aquella promesa de ver el sepulcro de Jesús, por el que había luchado y a la vez tan lejano, entonces se dio cuenta. Aquella sangre de su sobrevesta era la suya propia mientras se derrumbaba en el suelo con la imagen de horror y desesperación del turco en su cabeza.

Cuentos cortos de Salvación y Condena,  "Bárbara Galeno"

Relato "La chica del supermercado"



"Un chica se ducha por la mañana, el agua le cae por la cabeza y se queda mirando fijamente a los baldosines, cierra los ojos y suspira, se mantiene así un momento que prolonga abriendo los ojos, vuelve a suspirar, cierra el grifo, siente como si un violinista estuviera tocando ahora mismo la banda sonora de su vida, con un violín roto, amargado, y deteniéndose en las últimas notas de la escala, que producen un escalofrío cuando entran en el cerebro.

Desayuna con su familia, ella es la hija mayor de una familia numerosa de cinco hijos, los dos padres, una abuela muy anciana y un perro. Tiene hermanos en edad escolar, y el desayuno se convierte en algo parecido a un pandemonium pero en versión familiar, y una algarabía propia de una guerra de gritos chillidos y voces, mientras se madre se multiplica al intentar poner orden, boles con leche caliente, cereales, gritos, mermeladas, travesuras aparecen condensados en una mesa de cocina.

La chica es aún joven aunque su cara parece denotar otra cosa, las arrugas y expresiones de cara se encuentran más marcadas que de costumbre, poseyendo cierto aspecto de vieja aún siendo joven, se pone la chaqueta del supermercado donde trabaja, desayuna ritualmente, despacio, sin ganas, camina hacía el trabajo, con la misma mirada hueca y triste.
Sigue la expresión que no cambia, parece absorta como que en otro mundo, lejana, mecánica, inexpresiva. Cena,se ducha, desayuna, trabaja en la caja registradora , comiendo de un taperware en el trabajo, sigue inmutable, cambia los lugares pero su expresión sigue estando tan vacía como la primera mirada y la ecuación diaria se repite de forma mecánica, ducha, desayuno, trabajo, bar, un día y otro, otro, otro... .

Están cerrando en el supermercado donde trabajo, su encargado llama a la chica de la mirada, le pide que tire la basura al contenedor, la chica de la mirada vacía le devuelve un resignado asentimiento, arrastra el carrito con las bolsas de la basura por la calle, el ruido del metal contra los adoquines del suelo se convierte en un pequeño estruendo. Abre el contenedor y agarra las bolsas de basura, nota el pan roto y los productos que no se han podido vender y que algunos están caducados, y otros defectuosos. Justo en el momento de coger impulso para lanzar la basura gira la cabeza y descubre a tres gitanas que están esperando lo que ella deposite en el contenedor, los brazos se le mueven solos y lanza las bolsas en el contenedor. 

Se queda mirandolas, estupefacta, sin saber como reaccionar, aspira olvidándose de devolver la respiración, da unos pasos inseguros hacia el carrito, de espaldas acariciando el frío metal, mientras las gitanas se abalanzan, literalmente, sobre las bolsas de basura. Observa la escena, las gitanas ni se dan cuentan de que las mira, tocando una sinfonía de notas altas, casí estridentes de sucia pobreza, de maldita miseria y pizzicatos de desesperación. Arrastra el carrito por los 50 metros que le separan del supermercado sin dejar de mirar a las gitanas que se encuentran inmersas, literalmente, en el contenedor de basura. 

Entra con la inercia del camino, y pensativa, vuelve a su casa, a estar en la misma ducha de cada mañana, pero ahora su mirada denota duda, algo, lejano, hace que esos ojos vuelvan tener vida, a estar como inquietos. Algo parecido a una sonrisa aparece en su expresión cuando sus hermanos revolotean con su voces en la hora del desayuno. Da los buenos días a los clientes, a última hora recoge la basura, y envalentonada se dirige al contenedor, mientras las tres gitanas del día anterior se encuentran espectantes, ella se gira y las dirige un minúsculo hola. 

Se ducha, desayuna, trabaja, y a última hora tira la basura dirigiéndose a las gitanas, les musita unos temblorosos saludos. 

Se ducha, desayuna, en el trabajo al ir a comer, se reclina sobre una estantería que contiene paquetes de arroz, mirando hacía sus lados, lo coge y lo rompe levemente, para sostenerlo y tirarlo en una bolsa de basura y cerrarla. Tira la basura quedandose mirando desde la lejanía a las gitanas que recogen todo lo aprovechable. Su corazón late como una maquina de vapor desbocada, y le tiemblan las manos de puro nerviosismo que hacen que casi esparza todo el paquete por el suelo, pero con un gesto heroico consigue introducirlo en la bolsa de basura, rezando para sus adentros que el encargado no se encuentre a su espalda

Aparece en el bar hablando con una amiga, sonriendo, invadiendo el espacio vital de esta en unos tiernos abrazos de amistad sincera. Esta alegre. 

Se ducha, desayuna, trabaja, en las bolsas de basura tienen varias barras de pan, del día y varios paquetes de pasta y salchichas. Al día siguiente es una de las gitanas la que mira a la chica, sonríe. 
Cada día las bolsas de basura van más llenas, brick de leche, compresas, jabón, embutidos, y los saludos silenciosos se repiten entre la gitana y la chica que les deja a los pies del contenedor, las bolsas de basura, la mirada de agradecimiento de una y la mirada de ilusión por volver a recobrar la fe en la humanidad de la otra parte.

La chica convierte en un ritual, tirar a la basura productos golpeados, pasados de fecha sólo de boquilla, paquetes que pasan a estar en un mal estado solo con un movimiento hacía la bolsa de basura.
Los días se convierten en semanas y estos en meses mientras el mismo ritual se repite pasando a convertirse en una mirada de complicidad. 

Un día, inesperadamente, la gitana rompe el ritual, se para delante de ella, antes incluso de que deposite la basura, y se aparta el pelo del cuello y coge un pequeño colgante, minúsculo, de una cruz de oro la deposita en su mano y le coge la mano a la chica y se la abre, depositando allí la cadena de oro, esa pequeña cruz de oro en sus manos.

Tiempo después la chica con la mirada llena de vitalidad, y de energía una noche sin importancia se dirige a su casa, terminada la jornada, saliendo de un bar de hablar con su mejor amiga, está muy oscuro gracias a un defectusos sistema de alumbrado municipal que parece no llegar nunca a esa parte de la ciudad, de improvisto una sombra se interpone en su camino y antes de tenga tiempo para reaccionar es increpada con un sórdido, eh tú! Dame ahora mismo todo lo que tengas, ¡¡VAMOS!!, logra ver a duras penas el brillo métalico de un objeto punzante que la apunta a muy corta distancia, en apenas un instante el miedo y pavor se ha adueñado de ella, aunque en un gesto titánico sus manos consiguen llegar a su cartera y ofrecerle los billetes que hay dentro, que de un brusco manotazo son arrancados, en ese gesto, aparece un pequeño, minúsculo brillo en el cuello de la chica !!DAME LA CADENA DEL CUELLO!! En un acto reflejo, la chica se lleva las manos al cuello, no, no, noooo, por favor, la cadena nooo..., Me lo des te dicho, contesta su asaltante y su rostro reflejaba los rastros de la heroína, tal vez del Sida, de la desesperación y la marginalidad. Agarra con manos el cuello de la chica, está se resiste, forcejean, arranca la pequeña medalla de un brusco tirón empujando a la chica, y lanza un tajo en alto, más para mantener alejada a su agredida que por otra razón, pero ella se abalanzado sobre él, sobre aquel brazo que llevaba su medalla, buscando esa medallita que la gitana le había regalado
En un instante todo se para, la sangre fluye espesa, negra a causa de la falta de luminosidad, el asaltante dandose cuenta de lo que ha hecho, arranca del cuerpo de la chica el arma, y comienza a correr. 

Desesperado llega a la chabola en donde vive con su familia, con su madre, si ella, sabrá que hacer, piensa. Cuando cruza la puerta la pálida luz da un toque siniestro a las manchas de sangre de su sucia ropa, ¿Hijo? ¿Qué es lo que has echo? Su hijo está lleno de sangre, exclama su madre agarrándose a un silla, con una expresión de horror, su hijo, antes asaltante abre la mano encima de la mesa y aparece una medallita de oro, pequeña, casí minúscula, ridícula  en parte manchanda por la sangre, su madre se queda mirando con una negación y un dolor que la recorre lo más profundo, ve la medallita, con lágrimas en los ojos se queda observando su medallita, aquella medallita que una vez regaló a una joven de mirada perdida."

Bárbara Galeno, "Cuatro historias de un bar"