Relato "La chica del supermercado"



"Un chica se ducha por la mañana, el agua le cae por la cabeza y se queda mirando fijamente a los baldosines, cierra los ojos y suspira, se mantiene así un momento que prolonga abriendo los ojos, vuelve a suspirar, cierra el grifo, siente como si un violinista estuviera tocando ahora mismo la banda sonora de su vida, con un violín roto, amargado, y deteniéndose en las últimas notas de la escala, que producen un escalofrío cuando entran en el cerebro.

Desayuna con su familia, ella es la hija mayor de una familia numerosa de cinco hijos, los dos padres, una abuela muy anciana y un perro. Tiene hermanos en edad escolar, y el desayuno se convierte en algo parecido a un pandemonium pero en versión familiar, y una algarabía propia de una guerra de gritos chillidos y voces, mientras se madre se multiplica al intentar poner orden, boles con leche caliente, cereales, gritos, mermeladas, travesuras aparecen condensados en una mesa de cocina.

La chica es aún joven aunque su cara parece denotar otra cosa, las arrugas y expresiones de cara se encuentran más marcadas que de costumbre, poseyendo cierto aspecto de vieja aún siendo joven, se pone la chaqueta del supermercado donde trabaja, desayuna ritualmente, despacio, sin ganas, camina hacía el trabajo, con la misma mirada hueca y triste.
Sigue la expresión que no cambia, parece absorta como que en otro mundo, lejana, mecánica, inexpresiva. Cena,se ducha, desayuna, trabaja en la caja registradora , comiendo de un taperware en el trabajo, sigue inmutable, cambia los lugares pero su expresión sigue estando tan vacía como la primera mirada y la ecuación diaria se repite de forma mecánica, ducha, desayuno, trabajo, bar, un día y otro, otro, otro... .

Están cerrando en el supermercado donde trabajo, su encargado llama a la chica de la mirada, le pide que tire la basura al contenedor, la chica de la mirada vacía le devuelve un resignado asentimiento, arrastra el carrito con las bolsas de la basura por la calle, el ruido del metal contra los adoquines del suelo se convierte en un pequeño estruendo. Abre el contenedor y agarra las bolsas de basura, nota el pan roto y los productos que no se han podido vender y que algunos están caducados, y otros defectuosos. Justo en el momento de coger impulso para lanzar la basura gira la cabeza y descubre a tres gitanas que están esperando lo que ella deposite en el contenedor, los brazos se le mueven solos y lanza las bolsas en el contenedor. 

Se queda mirandolas, estupefacta, sin saber como reaccionar, aspira olvidándose de devolver la respiración, da unos pasos inseguros hacia el carrito, de espaldas acariciando el frío metal, mientras las gitanas se abalanzan, literalmente, sobre las bolsas de basura. Observa la escena, las gitanas ni se dan cuentan de que las mira, tocando una sinfonía de notas altas, casí estridentes de sucia pobreza, de maldita miseria y pizzicatos de desesperación. Arrastra el carrito por los 50 metros que le separan del supermercado sin dejar de mirar a las gitanas que se encuentran inmersas, literalmente, en el contenedor de basura. 

Entra con la inercia del camino, y pensativa, vuelve a su casa, a estar en la misma ducha de cada mañana, pero ahora su mirada denota duda, algo, lejano, hace que esos ojos vuelvan tener vida, a estar como inquietos. Algo parecido a una sonrisa aparece en su expresión cuando sus hermanos revolotean con su voces en la hora del desayuno. Da los buenos días a los clientes, a última hora recoge la basura, y envalentonada se dirige al contenedor, mientras las tres gitanas del día anterior se encuentran espectantes, ella se gira y las dirige un minúsculo hola. 

Se ducha, desayuna, trabaja, y a última hora tira la basura dirigiéndose a las gitanas, les musita unos temblorosos saludos. 

Se ducha, desayuna, en el trabajo al ir a comer, se reclina sobre una estantería que contiene paquetes de arroz, mirando hacía sus lados, lo coge y lo rompe levemente, para sostenerlo y tirarlo en una bolsa de basura y cerrarla. Tira la basura quedandose mirando desde la lejanía a las gitanas que recogen todo lo aprovechable. Su corazón late como una maquina de vapor desbocada, y le tiemblan las manos de puro nerviosismo que hacen que casi esparza todo el paquete por el suelo, pero con un gesto heroico consigue introducirlo en la bolsa de basura, rezando para sus adentros que el encargado no se encuentre a su espalda

Aparece en el bar hablando con una amiga, sonriendo, invadiendo el espacio vital de esta en unos tiernos abrazos de amistad sincera. Esta alegre. 

Se ducha, desayuna, trabaja, en las bolsas de basura tienen varias barras de pan, del día y varios paquetes de pasta y salchichas. Al día siguiente es una de las gitanas la que mira a la chica, sonríe. 
Cada día las bolsas de basura van más llenas, brick de leche, compresas, jabón, embutidos, y los saludos silenciosos se repiten entre la gitana y la chica que les deja a los pies del contenedor, las bolsas de basura, la mirada de agradecimiento de una y la mirada de ilusión por volver a recobrar la fe en la humanidad de la otra parte.

La chica convierte en un ritual, tirar a la basura productos golpeados, pasados de fecha sólo de boquilla, paquetes que pasan a estar en un mal estado solo con un movimiento hacía la bolsa de basura.
Los días se convierten en semanas y estos en meses mientras el mismo ritual se repite pasando a convertirse en una mirada de complicidad. 

Un día, inesperadamente, la gitana rompe el ritual, se para delante de ella, antes incluso de que deposite la basura, y se aparta el pelo del cuello y coge un pequeño colgante, minúsculo, de una cruz de oro la deposita en su mano y le coge la mano a la chica y se la abre, depositando allí la cadena de oro, esa pequeña cruz de oro en sus manos.

Tiempo después la chica con la mirada llena de vitalidad, y de energía una noche sin importancia se dirige a su casa, terminada la jornada, saliendo de un bar de hablar con su mejor amiga, está muy oscuro gracias a un defectusos sistema de alumbrado municipal que parece no llegar nunca a esa parte de la ciudad, de improvisto una sombra se interpone en su camino y antes de tenga tiempo para reaccionar es increpada con un sórdido, eh tú! Dame ahora mismo todo lo que tengas, ¡¡VAMOS!!, logra ver a duras penas el brillo métalico de un objeto punzante que la apunta a muy corta distancia, en apenas un instante el miedo y pavor se ha adueñado de ella, aunque en un gesto titánico sus manos consiguen llegar a su cartera y ofrecerle los billetes que hay dentro, que de un brusco manotazo son arrancados, en ese gesto, aparece un pequeño, minúsculo brillo en el cuello de la chica !!DAME LA CADENA DEL CUELLO!! En un acto reflejo, la chica se lleva las manos al cuello, no, no, noooo, por favor, la cadena nooo..., Me lo des te dicho, contesta su asaltante y su rostro reflejaba los rastros de la heroína, tal vez del Sida, de la desesperación y la marginalidad. Agarra con manos el cuello de la chica, está se resiste, forcejean, arranca la pequeña medalla de un brusco tirón empujando a la chica, y lanza un tajo en alto, más para mantener alejada a su agredida que por otra razón, pero ella se abalanzado sobre él, sobre aquel brazo que llevaba su medalla, buscando esa medallita que la gitana le había regalado
En un instante todo se para, la sangre fluye espesa, negra a causa de la falta de luminosidad, el asaltante dandose cuenta de lo que ha hecho, arranca del cuerpo de la chica el arma, y comienza a correr. 

Desesperado llega a la chabola en donde vive con su familia, con su madre, si ella, sabrá que hacer, piensa. Cuando cruza la puerta la pálida luz da un toque siniestro a las manchas de sangre de su sucia ropa, ¿Hijo? ¿Qué es lo que has echo? Su hijo está lleno de sangre, exclama su madre agarrándose a un silla, con una expresión de horror, su hijo, antes asaltante abre la mano encima de la mesa y aparece una medallita de oro, pequeña, casí minúscula, ridícula  en parte manchanda por la sangre, su madre se queda mirando con una negación y un dolor que la recorre lo más profundo, ve la medallita, con lágrimas en los ojos se queda observando su medallita, aquella medallita que una vez regaló a una joven de mirada perdida."

Bárbara Galeno, "Cuatro historias de un bar"

2 opiniones:

Iago Urruela Says:

Me ha gustado sobre todo la forma de desarrollar el relato aunque el final, para mi, sea demasiado previsible.

Iago Urruela Says:

Aunque puedo seguir leyendo muchos más así... Me ha gustado.

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